Miguel Ángel Polo Santillán

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Mediodía. La policía de tránsito permite el pase del transporte de vehículos por la carretera central. Los peatones tienen que esperar (o deberían) que el policía de tránsito autorice el cruce, pero impulsados no sé por qué instinto, comienzan a cruzar, mejor dicho, a torear los vehículos que vienen. ¿Tiempo? ¿Asuntos importantes? ¿Alguna urgencia? ¿Simplemente desafiar el peligro? ¿Instinto tanático?

Cualquiera sea la respuesta, se trata de violación de la ley, en este caso encarnada por la autoridad del policía. Y es que la autoridad es vista socialmente solo como alguien que tiene poder y burlarse de ella nos da cierta satisfacción. Sin embargo, no apreciamos que la autoridad requiere nuestra autorización. En otras palabras, si no nos interesa la vida ni su dignidad, entonces nos importa muy poco autorizar a alguien ser vigilante de la vida social. La autoridad sin nuestra autorización (lo que le da legitimidad) carece de sentido. Por eso, aunque el policía no haya autorizado el cruce, cruzamos porque nos es indiferente la autoridad para nuestras vidas. Después de todo, creemos que basta con nuestra propia autoridad.

Otro factor a tener en cuenta es que quizá asumimos que la ley es para el otro —para el que tiene vehículo—, no para nosotros. Es el otro el que debe cumplir la ley, uno no se siente involucrado. La ley es extraña a nuestras vidas personales y sociales. No es algo a considerar en nuestros proyectos individuales. Nuestra experiencia personal contemporánea se da en el marco de la libertad subjetiva, por lo que toda norma (moral o social) solo es una imposición.

Quizá estamos aburridos de nuestra existencia individual, por eso experimentar el peligro, sentir que estamos vivos, sentir esa sensación de ser ganadores en un mundo de tanta competencia, sentir que el otro no nos puede ganar, etc. Los elementos subjetivos pueden ser tan variados.

También estamos socialmente condicionados a no respetar la ley. No creo que se trate de que somos desorganizados e irresponsables “naturalmente”. Existe un factor más fuerte. La experiencia colonial y republicana ha dejado su huella en la mente colectiva del pueblo peruano: la ley es para los que tienen poder económico o político. ¿Por qué hemos de respetar la ley cuando al final los poderosos son los que salen ganando? En esas condiciones, en un país de mayoría pobre, ¿por qué respetar la ley cuando no se ha vuelto parte del imaginario colectivo? Si la democracia va a funcionar en nuestro país, esta situación debe cambiar. Requerimos actos de verdadera justicia, donde la ley se muestre imparcial, de lo contrario seguiremos combinando democracia con autoritarismo. Ilusamente creeremos —tanto los gobernantes como los ciudadanos— que la ley debe imponerse y de ese modo crear orden y tranquilidad.

Después de todo, como ya sostenían Confucio y Aristóteles, los gobernantes se convierten en modelos que dejan una impronta que se manifiesta en la vida social. De algún modo, los políticos en el poder no solo son responsables de la correcta administración del Estado, sino de la salud moral de la población. Así, el arte de torear la ley que practicamos los transeúntes no es un simple acto de arriesgar su vida, sino que podemos interpretarlo como un acto particular y total a la vez. Particular, porque expresa elementos subjetivos de la historia personal. Total, porque nos muestra el estado cultural de nuestra sociedad, en que la si bien todos somos responsables, unos son más que otros según lo que les ha tocado vivir.

¿Para qué leyes?

Nuestra época siente las leyes como si fuesen mandatos externos, los cuales limitan nuestros deseos y acciones. Es decir, evaluamos la ley desde la experiencia del sujeto individual moderno. Nos sentimos individuos con una subjetividad que necesita un mundo para expresarse. Y la única ley que admitimos es la de nuestro propio deseo. Por eso, una norma que viene desde fuera las sentimos como impuesta, opresora, limitadora. No nos interesa mucho las condiciones que hacen posible al individuo y su libertad subjetiva. Flores celestiales sin sustento alguno.

Sin embargo, este individuo despierta al saber que no todo lo puede hacer, pues hay reglas de juego en el mundo. Un mundo que él no ha construido y en el cual tiene que vivir. Entonces, ¿qué hacer? Se abren nuevos escenarios: Uno es: “abajo la ley, creemos un mundo sin ley, pues es signo de opresión de los individuos, los grupos y las instituciones”. Así, se hace necesario derribar todo Estado y religión, pues son instituciones opresoras que para ello utilizan las leyes. Se asume la creencia que viviendo solo como individuos libros no es necesaria ley alguna, lo cual no tiene sustento alguno. Recordemos a los pensadores taoístas chinos, que dejaban la sociedad para vivir según el orden natural, es decir, reconociendo una ley más básica que rige todo. De igual modo, los ermitaños hindúes, que dejan todo trato humano y se van a vivir solitarios a los himalayas, lo hacen porque sigue el Dharma, la ley u orden universal de las cosas. Aun en la experiencia de aislamiento se hacía dentro de un sentido más amplio.

Segundo escenario: cambiemos las leyes opresivas por otras no opresivas, transformemos las instituciones y las leyes. Someternos al poder opresor no es destino humano, sino que las mismas leyes pueden ser puestas en cuestión. Esto nos dirán los confucianos en la antigüedad china, los sofistas griegos, los ilustrados modernos, etc. Las leyes humanas están para sostener y enriquecer la vida de la comunidad humana, no para someterla a intereses limitados y mezquinos. Y hasta la ley política suprema, la Constitución, puede ser sometida a cuestionamiento y cambios. Y es humano seguir buscando los principios desde los cuales sustentar la convivencia, como la dignidad y la justicia.

Así, debe haber un orden, pues no toda norma tiene el mismo rango o valor. Hoy asumimos que las constituciones deben estar sustentadas a su vez en los Derechos Humanos, para evitar la arbitrariedad de los gobernantes y atentar contra la integridad de los ciudadanos. Como lo pensó Sócrates, según la obra de Platón Critón, la vida de la comunidad y la del filósofo crítico presuponen las leyes, pues sustentan la vida política, por lo que los ciudadanos estamos sometidos a ellas. Y aún la posibilidad de criticarla y cambiarla es admitida por la ley misma. No se trata solo de obligación, sino de pacto que la sustenta. Es por este pacto que podríamos sentirnos obligado como es debido. ¿Y cómo realizamos el pacto en nuestros días, especialmente cuando algunos pensadores asumen que la idea de contrato social ya no funciona? Lo que no funciona es el contrato social concebido por los pensadores modernos (de individuos libres y racionales), pero nos obliga a repensar el contrato, una nueva fundamentación del pacto, que no puede ser solo social sino también natural.

Sin embargo, tenemos un problema adicional. Sabido es que nuestro país tiene un exceso de leyes, más aún, un caos de leyes, sobre algún asunto en particular. De ese modo, cada uno se acomoda a la ley que más le conviene o la interpreta como mejor prefiere. Y el ciudadano de a pie solo afrontará esa realidad cuando tenga que recurrir a ellas para resolver sus problemas. Y sentirá que conocerlas y seguir un proceso judicial no solo será un gasto de dinero, sino desgaste de la propia vida. ¿Qué cosa rara se ha vuelto la ley humana que en lugar de promoverla y enriquecerla atenta contra ella y su dignidad?

Ley: auctoritas y potestas

Hay dos términos latinos que pueden ayudarnos a entender la ley. Cuando la ley es entendida como poder externo que oprime es asumirla como simple potestas, no como auctoritas. Pero cuando la ley es sentida como condición de posibilidad de la propia vida personal y colectiva, aumentándola (enriqueciéndola), eso es auctoritas (de aug, “aumentar” las posibilidades de la vida de la comunidad), solo por eso puede manifestarse como legitima potestas. Ese es el modo de entender la ley que aparece en al final del Critón.

Así, una ley es la que hace posible la convivencia social y la enriquece. Por eso Aristóteles consideraba que hay una interrelación entre ley, sociedad y vida humana: “Y el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino como una bestia o un dios.” (Política, Libro I, II)

Unos siglos más adelante, Jesús de Nazareth precisó que el sentido de la ley es la vida humana: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado.” (Mc. 2,27) Así, una ley que oprime a los ciudadanos es una que va contra su sentido. Y la potestas degenera en nuda violencia. Y cuando los ciudadanos creen posible vivir sin ley es porque el poder se ha impuesto, al punto de hacernos creer que no es indispensable la auctoritas. El individuo y el gobernante imponen su deseo-poder, sin importar justificación alguna, salvo su propia subjetividad.

          Para decirlo en un lenguaje mítico contemporáneo: “el poder de la fuerza” es solo potestas, tanto de jedis como del lado oscuro, no auctoritas. Por eso, ese poder solo es violencia. En cambio, en lenguaje taoísta, Tao (Dao) de Lao Zi es pura auctoritas, lo que sostiene, produce y acrecienta la vida, el élan vital, lo que se expresa en potestas, el te, la virtud del Tao. Después de todo, como lo dicen los ecologistas, el destino de la vida en comunidad pasa por respetar la vida del todo en el estamos inmersos. Y quizá en esa dirección debamos pensar el pacto social, desde el pacto natural.

 

 

 

 

Referencias bibliográficas

Aristóteles (1991). Política. Madrid: Alianza Editorial.

La biblia latinoamericana (1995). Madrid: San Pablo-Editorial Verbo Divino.

Platón (1957). Critón. Madrid: Instituto de Estudios Políticos.

 

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