Miguel Ángel Polo Santillán

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Mientras la humanidad estaba empezando un nuevo año, un nuevo virus trajo una nueva enfermedad, que se pensó que era local (China), pero resultó siendo una pandemia. A la fecha van cerca de 95 mil muertos en el mundo (1). Y ya se prevé una recesión en la economía mundial. Lo paradójico es que lo único cierto es la incertidumbre de todos los sectores, de gobernantes, ciudadanos, empresarios, militares, estudiantes, familias, humanidad. Y parte de nuestra responsabilidad actual es pensar este nuevo escenario, para tratar de comprender y orientarnos.
Hay autores que escriben sobre las lecciones que nos dan los filósofos griegos antiguos para estos tiempos de pandemia (2). Pero si miramos a China, encontramos a Confucio, cuyas enseñanzas también pueden orientarnos en estos tiempos de pandemia y. asimismo, prepararnos para lo que vendrá después. No interesan en este ensayo los temores que culpan a los chinos actuales de todos los males presentes de la humanidad, creo que la búsqueda de un “chivo expiatorio” siempre ha sido una expresión del miedo y de no darnos cuenta de nuestras propias responsabilidades como humanidad.
La obra confuciana La Gran Enseñanza (3), empieza con un texto de Confucio, compuesto de siete párrafos, que analizaremos a la luz de los acontecimientos actuales.

La finalidad

Empieza la enseñanza señalando la finalidad: “1. El Camino de la Gran Enseñanza consiste en abrillantar la luminosa virtud, renovar a los hombres y alcanzar la más alta excelencia” (Pérez, 1982, p. 325). La finalidad es, pues, la renovación de las personas a través de las virtudes. La asociación de virtudes con excelencias está tanto en la filosofía griega como en la filosofía confuciana. Lo que se busca como finalidad no solo es afirmar la vida, sino una vida digna, tanto social como personalmente. Sin embargo, la condición de la vida digna, es la misma vida, especialmente de los más vulnerables, la cual no era ignorada por este maestro chino.
Uno de los debates que han surgido en todos los países afectados por el coronavirus ha sido en torno al dilema economía o vida. Y lo que hasta ahora sabemos es que por proteger la economía y menospreciar a este virus globalizado, ha costado miles de vidas humanas. Hasta un senador norteamericano expresó que los abuelos como él pueden sacrificarse antes de perjudicar la economía (4). La lógica que está detrás es que los que aportan menos al sistema económico debieran sacrificarse, para no permitir una crisis económica. Así, ancianos, gente sin hogar, pobres, enfermos, etc., entran en esa lista. ¿Será que el virus quiere ser direccionado según los intereses de este darwinismo social del sistema económico? Y ni los estados han estado preparados para defender la vida, solo han estado promoviendo el gozo del consumo, creyendo que en eso radicaba la vida digna y virtuosa. Tremendo error que ahora queda al desnudo.
Entonces, ¿qué deben buscar los Estados y las sociedades? Proteger la vida humana. Es lo que Dussel (2016) llama el principio material que, en momentos de crisis sociales, es a lo que debemos apelar. Y lo formula así:
“El que actúa moral (o éticamente) debe producir, reproducir y aumentar responsablemente la vida concreta de cada singular humano, de cada comunidad a la que pertenezca, que inevitablemente es una vida cultural e histórica, desde una com-prensión de la felicidad que se comparte pulsional y solidariamente, teniendo como referencia última a toda la humanidad, a toda la vida en el planeta Tierra.” (p. 69)
La “vida concreta” hoy está en peligro, sobre todo de los sectores sociales más vulnerables como los ancianos, los enfermos y los pobres. Y sin que quede claro esta condición última de todo nuestro esfuerzo, no podremos tener tranquilidad y cometeremos más errores que aciertos. Por eso, afirmaba el filósofo chino:
“2. Conociendo a dónde se debe tender, se determina el objeto a alcanzar. Habiéndolo determinado se puede conseguir la tranquilidad; tras la tranquilidad se puede obtener la paz y, obtenida ésta, la deliberación es posible. La deliberación es seguida por la consecución del objeto a alcanzar.” (Pérez, 1982, p. 325)
Uno puede preguntar: ¿teniendo claro la finalidad tendremos tranquilidad? Por más que se tenga claridad en la finalidad, en los momentos de pandemia, ¿acaso no están preocupados los líderes políticos? Parece que Confucio se refiere a que habiendo determinado la finalidad, sabemos a dónde queremos ir y eso es importante para tomar decisiones sobre el cómo.

El método

El método es el camino, que tanto apreció Confucio. Y al respecto enseña algo universalmente racional, aun con nuestros criterios estrechos de racionalidad:
3. Las cosas tienen una parte principal y otra accesoria; los asuntos tienen un fin y un principio. Sabiendo lo que está antes y lo que está después se está cerca del Camino. (Pérez, 1982, p. 325)
“Las cosas tienen su raíz y sus ramas”, dice la traducción de Legge (1971, p. 357). Sin embargo, ¿qué sucede con realidades tan complejas como la pandemia actual? ¿Cuáles son sus raíces y cuáles sus ramas? Siguiendo las líneas anteriores, el filósofo chino ha está haciendo referencia a las causas, quizá porque nunca nos pondremos de acuerdo, toda vez que dependerán de los enfoques que tengamos. En ese sentido, su enfoque no es “científico”. Con “raíces” haría referencia a los fines que podemos establecernos frente a un problema. Frente a este problema, ¿cuál es la finalidad que debe orientar nuestros esfuerzos? ¿qué queremos en realidad? ¿Salvar la vida de la comunidad política, es decir de los ciudadanos? ¿no perder la credibilidad de los electores? ¿No afectar la economía? ¿Salvar mi negocio? ¿Aprovechar el momento para obtener ventajas indebidas? ¿destruir de una vez el capitalismo?
Esta pandemia nos ha agarrado con un Estado plagado de otras enfermedades sociales: las mafias de corrupción en su interior, la desarticulación entre los diferentes sectores, la subordinación a grupos de poder económico, el olvido de grandes zonas del país; pero también a una sociedad con muchas otras enfermedades: racismo, inequidad, marginaciones, sectores sociales que viven de la ilegalidad, poco interés por una convivencia justa. En general no sabemos a dónde queremos ir como país. Y eso es el principal problema para dar respuesta adecuada a esta enfermedad biológica. Como he señalado antes, esta pandemia solo pondrá en evidencia nuestros propios problemas como país.
Así, si sabemos a dónde queremos ir, entonces podemos comenzar a caminar. Proceso válido no solo para enfrentar esta pandemia, sino para toda convivencia social. ¿Puede ser que este liderazgo que hoy tenemos pueda dirigir bien esta tormenta? Eso dependerá de los grupos en los que se apoye y si sabe transmitir confianza en la población, factor este que hasta ahora favorece a nuestro gobernante.

La práctica

Si sabemos la meta, ¿cuál es el mejor camino? La exposición del sabio chino va de lo general a lo particular y de lo particular a lo general, queriendo mostrar la interrelación entre lo personal y lo social, entre lo subjetivo y lo objetivo. Confucio enseñó:

“4. Los antiguos que querían ilustrar la luminosa virtud en el mundo ponían primero en orden su reino; para poner en orden su reino regulaban antes su propia casa; para regular su casa se perfeccionaban antes ellos mismos; para perfeccionarse ellos mismos rectificaban primero su corazón; para rectificar su corazón hacían previamente sinceros sus pensamientos; para hacer sinceros sus pensamientos alcanzaban antes el máximo conocimiento.

5. El máximo conocimiento reside en la investigación de las cosas.” (Pérez, 1982, pp. 325-326)

Los distintos rayos en los que se manifiesta la virtud: la política (reino), la comunidad (casa), la persona y su subjetividad (corazón, pensamientos, conocimientos). Si apreciamos el conjunto, la propuesta es: a) que la virtud no es un adorno personal, sino tiene relevancia social y política; b) que la virtud central ―con relevancia en lo personal, social y político― es la virtud intelectual, por eso, el conocimiento se hace tan importante.

¿Es por eso que, en situaciones de pandemia, necesitamos la ciencia y los científicos? Efectivamente, pero el sentido de la ciencia es el bienestar y la sobrevivencia humana, no el servicio a intereses del mercado. Recordemos otro texto confuciano, titulado La Gran Enseñanza, donde se dice que las tres virtudes universales son: el conocimiento, la benevolencia y la valentía (Pérez, 1982, p. 349). Así, en momentos de pandemia, el gobernante debe asociarse con las personas que reúnan esas virtudes y, sin duda, dada la preparación, son los médicos. Su saber está unido a la virtud de la benevolencia humanitaria o humanidad benevolente, por eso, puede enfrentarse a situaciones que un ciudadano común no puede afrontar. La valentía no es prepotencia, sino se sostiene en su conocimiento y en su amor a la humanidad, no en la búsqueda de prestigio ni obtención de beneficios personales. 

Y cuando la política no sigue los pasos del saber científico y humanístico, entonces, las consecuencias son terribles para la sociedad y para los profesionales de la salud. El estrés y la muerte de estos profesionales no es debido al propio virus, sino a la escasa sintonía que tiene el gobierno con estos profesionales. La política de intereses mezquinos ha sido puesta en cuestión, por una política de la solidaridad (5), pero una sostenida en la ciencia.

Siguiendo con el texto, con la mente y el corazón rectificado por el conocimiento, debemos asumir nuestras responsabilidades como miembros de la comunidad humana.

“6. Investigadas las cosas alcanzaban el más alto conocimiento, con lo que tenían un pensamiento sincero. Al tener un pensamiento sincero rectificaban el corazón. Con el corazón recto llevaban a cabo el cultivo de sí mismos. Una vez que se habían cultivado a sí mismos regulaban su propia casa. Regulada la casa podían gobernar su reino. Con el reino bien gobernado la paz reinaba en el mundo.” (Pérez, 1982, p. 326)

Para decirlo en términos aristotélicos, con las virtudes éticas orientadas por las virtudes dianoéticas, entonces hay más seguridad de que las decisiones sean buenas y correctas. Y así, se puede dirigir bien el gobierno. Pero, ¿qué ocurre cuando los sujetos no tienen esas cualidades desde el inicio? Pues, o traerán más perjuicios o tendrán que rectificarse en el camino mismo, es decir, que esta pandemia podría ser una oportunidad para formar buenos ciudadanos, siempre que estén acompañados por líderes que lo sean.

Y la enseñanza confuciana termina de la siguiente manera:   

“7. Desde el emperador hasta el último vasallo, todos deben tener el cultivo de sí mismos como fundamento, puesto que si lo principal está en desorden, lo que en ello se apoya no puede estar ordenado. Trivializar lo importante y hacer lo de lo importante algo trivial es absurdo.” (Pérez, 1982, p. 326)

El humanismo confuciano termina con el llamado al cultivo de sí mismo, que no es un encierro dentro de sí, sino es un autoconocimiento y una transformación a partir del encuentro con el otro. Por eso, ni los médicos ni los políticos ni los padres ni los hijos ni los ciudadanos en general seremos los mismos luego de todo esto, pero debemos procurar que esta adversidad no se transforme en cinismo, sino en fuente de renovación ética que tanto requiere nuestra sociedad para dar respuestas a tantos problemas de injusticias que arrastramos durante siglos.   

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Referencias bibliográficas

Dussel, E. (2016). 14 tesis de ética. Madrid: Trotta.

Legge, J. (1971). Confucius. Confucian Analects, The Great Learning & The Doctrine of the Mean. New York: Dover Publications.

Ordine; N. (2017). Clásicos para la vida. Barcelona: Acantilado.

Pérez, J. (1982). Confucio, Mencio. Los cuatro libros. Prólogo, traducción y notas de Joaquín Pérez Arroyo. Madrid: Alfaguara. 

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