Tengo que expresar mi más absoluto y sincero agradecimiento por este homenaje que no diré con huachafería “recibo con toda humildad”. No, porque yo respeto la opinión de mis amigos cuando dicen: te lo mereces, Juan, te lo mereces, porque me he roto las pestañas trabajando en periodismo, ayudando a los estudiantes y escribiendo libros que van a ser recordados. Y me interesa una frase que leí hace tiempo: “las personas deben ser recordadas por lo que hicieron, no por lo que hablaron”. O sea, ustedes me recordarán más por los textos que por lo que dije, como un viejito que dice cosas graciosas.

Quiero aprovechar esta oportunidad para contarles de mi vida sanmarquina. Si Paco Moreno, distinguido profesor, novelista, hiciera una novela, haría mi vida en tres etapas. Primer acto: mi ingreso a San Marcos. Yo ingresé a San Marcos en el año 72, en un contexto difícil de furia revolucionaria velasquista, todos éramos velasquistas.

Entonces, entré yo a trabajar y me despidieron, por supuesto, porque a un buen periodista lo despiden por lo menos cinco veces en su vida. Yo entré a trabajar acá de la mano de Jorge Puccinelli y Antonio Cornejo Polar y entré a enseñar redacción periodística. Ustedes no saben lo que era eso. No existía el tercer piso, el segundo piso era de Psicología, el tercer piso estaba tomado, todo pintado, y no teníamos aulas, teníamos una sola aula para toda la Escuela, mi aula estaba en el repertorio bibliográfico, y uno llegaba y tomaba las aulas por asalto. Era, disculpen la palabra, un despelote, pero estábamos allí.

Esa fue mi primera intervención. Yo me salí, inicié una carrera distinta y viene la segunda (intervención). En el año 89 era decano un distinguido filósofo socrático, César Krüger, y había un profesor muy animado que se llama Niesen, me dijo: Juan, hay una vacante, vamos. Ingresé y fui nombrado. Estuve trabajando hasta hace tres años, en que la universidad decidió que había que cesar a los que tenían más de 75 años. Yo me había pasado de los 75. Fui cesado en una ceremonia en el patio; pero, oh, sorpresa, el Congreso que todos odiábamos dio un decreto, conteniendo la posibilidad de volver a la universidad a pesar de la edad. Entonces, un montón de viejitos nos precipitamos inmediatamente a hacer los papeles y pasamos el examen psiquiátrico y el examen geriátrico. En el examen geriátrico el médico me miró con sospecha y me dijo: ¿y usted qué hace acá? Yo le dije: yo soy profesor. Me dijo: pero usted tiene 90 años. ¡No importa! Entonces, me tomó el examen, yo supe qué día era, le di el número de mi teléfono, le dije cuánto era 100 menos 7, le dije todo, me dejaron pasar (…).

Vine a la universidad y me recibió amablemente nuestra directora querida Jacqueline Oyarce y nuestro querido profesor Vargas Marín y me incorporé y he trabajado hasta ahora gracias a la virtualidad, en la que vivo ya entrenado. Es toda una vida. Yo soy como un gato de cuatro vidas: la vida de escritor, la vida de investigador, la vida de la Católica –treinta años–, la vida en San Marcos –más de cincuenta años–, es toda una vida larga, completa, dedicada a escribir.

Me preguntan: ¿y por qué escribes tanto?. Porque escribir para un periodista es una pulsión. Los poetas no pueden dejar de hacer poemas, los bailarines no pueden dejar de bailar, los cantantes no pueden dejar de cantar, los periodistas escribimos y lo mío tuvo la suerte de ser publicado.

Estoy de lo más contento de reunirme con ustedes, estoy feliz. Entonces, me preguntan –la última pregunta–: ¿ya te vas, Juan? ¡No! A mí me tienen que sacar a empujones de San Marcos. Yo me quedaré aquí en San Marcos hasta que los dioses del periodismo me digan: Ya, Juan, ya. Es suficiente, por favor, chau.

Muchas gracias

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